May 312010
 

Extracto de América Latina y el Caribe: Crisis económica e impactos sociales y de género.
Por  Alma Espino – Norma Sanchís, Asociación para los Derechos de la Mujer y el Desarrollo (AWID)

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5. ¿Cuáles serán los impactos sociales y de género?

El Informe de Tendencias Mundiales del Em­pleo 2009 de OIT estima que la crisis puede generar unos 50 millones de nuevos desocu­pados en el mundo, 22 millones serían muje­res. En el caso de América Latina, el Panorama Laboral 2008, estableció algunos escenarios que proyectan que el desempleo en la región podría aumentar del 7,3% en 2008 a un rango de entre 7,9% y 8,3% en 2009. Esto significa que en el año 2009 la región latinoamerica­na podría tener entre 1.5 y 2.4 millones de nuevos desocupados7. En el mismo informe, la OIT estima que las personas activas en el mercado laboral que perciben un ingreso menor a la línea de pobreza de dos dólares diarios podrían aumentar de 6,8% en 2007 a 8,7% en 2009. Esto implica un aumento de cinco millones de trabajadores/as pobres en América Latina y Caribe (OIT, 2009).

La CEPAL prevé un impacto diferencial por género de la crisis en América Latina en la medida que la inserción de varones y mujeres en el mercado laboral también es diferencial. La brecha en la tasa de ocupación entre mu­jeres de bajos y altos ingresos (I y V quintil) es más elevada que entre los hombres de los mismos quintiles. Y esto refleja la existencia de obstáculos para las mujeres más pobres. Obstáculos que pueden agravarse en una si­tuación de crisis. En general, el desempleo y la informalidad son más elevados entre las mujeres, lo que supone la ausencia de pro­tección social e inestabilidad en los ingresos. El problema es más grave entre las más po­bres ya que sufren tasas de desempleo e in­formalidad más altas. Cabe señalar que los datos históricos sitúan a las mujeres en mayo­res porcentajes que los hombres en sectores de baja productividad.

El caso de la maquila es ilustrativo. A comien­zo del 2008 los empleos directos generados en esta actividad en Centroamérica fueron 411.502. Al finalizar ese año la industria textil perdió 51.538 puestos de trabajo, una dismi­nución promedio del 13,5%, con un pico en Nicaragua del 21,47%. El 65% de las perso­nas que perdieron el trabajo fueron mujeres. En el primer trimestre del 2009 se perdieron 27.400 empleos y entre 2008 y 2009 se alcan­zó un total de 78.938 empleos menos en Cen­troamérica (Maquilas, 2009). Otras razones para la disminución del empleo ya se venían observando con la entrada de nuevos secto­res industriales, distintos al de la confección -donde la participación femenina es menor-, y también con la salida de empresas de la región por razones de costos.

La persistencia de la segregación de género por ramas de actividad y ocupaciones da lu­gar a que algunos trabajos cuenten con una desproporcionada participación femenina. Estas actividades podrían verse muy afec­tadas por la crisis económica. Entre ellas se destacan el comercio formal, los servicios fi­nancieros, la industria manufacturera (espe­cialmente la textil y la maquila en general). Así mismo podría haber un impacto negativo entre las trabajadoras vinculadas a la pro­ducción y comercialización de artesanías, de productos gastronómicos, del turismo y tam­bién del empleo doméstico. Por su parte, la caída en la demanda de mano de obra de las empresas más grandes aumentará el empleo en los sectores de baja productividad proba­blemente incrementando la tasa de informali­dad, que en América Latina y el Caribe está próxima al 52%. Adicionalmente, la menor disponibilidad de recursos fiscales puede afectar negativamente al gasto social y esto puede significar una presión adicional para el cuidado del hogar y la atención de personas dependientes que recae fundamentalmente en las mujeres.

6. Otro impacto consecuente es la pobreza.

Se ha previsto que el aumento del precio de los alimentos provocará un incremento de la pobreza. Se estima que un alza del 15% de los precios de los alimentos provocaría un aumento de la pobreza de 2,8%. Se pasaría de un 35,1% de la población en situación de pobreza en 2007 al 37,9% en 2008. De no mediar políticas públicas compensatorias, la indigencia también podría incrementarse de 12,7% a 15,6%. También es probable un re­troceso en la región en materia de desnutri­ción y mortalidad infantil y materna, revirtien­do las tendencias favorables de los últimos años (Grynspan, 2009).

Las mujeres históricamente se han situado en una posición desventajosa en el mercado laboral. La pobreza y el deterioro de los ser­vicios de salud intensificaron las actividades de cuidado en el hogar. Por tanto, las medi­das resultantes de las políticas económicas hegemónicas en la región durante las últimas décadas fragilizaron aún más su situación y aumentaron su carga de trabajo. Un análisis feminista integral no se agota en señalar las desventajas y la inequidad de la inserción so­cial y laboral de las mujeres. Sino que evalúa en qué medida ciertas decisiones políticas son posibles por la elasticidad que caracteri­za la carga laboral que soportan las mujeres en el mercado y en los hogares.

Para estimar los impactos previsibles de la crisis actual es útil recordar los efectos de las crisis anteriores. En los años 70 y 80 estalló la llamada “crisis de la deuda” en el continente cuando México anunció la moratoria a la deu­da externa. En ese momento se dispusieron un conjunto de medidas de ajuste estructural. También se realizaron ajustes en el gasto pú­blico en varios países para enfrentar la crisis de México en 1994, la crisis asiática en 1997 y la rusa en 1998. Las consecuencias de es­tos ajustes no afectaron por igual a toda la población, ya que agudizaron los índices de pobreza y la falta de equidad en los ingresos, lo que condujo a una creciente polarización social (Beneria, 2003).

Por ejemplo, durante la crisis financiera de Asia en 1998, se encontró que las mujeres fueron desproporcionadamente afectadas en el mercado laboral. Las respuestas políticas a la crisis asiática han sido criticadas en la medida que impusieron recortes al gasto pú­blico y promovieron una mayor liberalización de los mercados (Seguino, 2009).

Los vínculos con el mercado han sido histó­ricamente diferentes para hombres y mujeres como consecuencia de comportamientos y actitudes. En parte, esto explica que los cos­tos que acarrea la recuperación económica no son iguales para hombres y mujeres. Ellas se ven afectadas en su doble condición de pertenencia a un grupo social determinado y a su condición de mujeres. Básicamente, las mujeres pasan a ser variables de ajuste de la crisis en dos niveles: en las familias y en el mercado laboral. A nivel de las familias, se intensifica el trabajo doméstico para proveer servicios básicos y autoabastecimiento. En el mercado de trabajo formal las mujeres tienden a aumentar su participación para compensar la desocupación masculina, aún cuando se trate de tareas más precarias, peor remune­radas, en condiciones laborales deterioradas y con índices crecientes de desempleo y su­bocupación. Se refuerza así la doble carga laboral, dentro y fuera de la casa. De esta manera, el ajuste se asienta en la elasticidad de la carga que recae sobre las mujeres.

Pero además la crisis económica acarrea otros costos menos visibles como el estres y la violencia doméstica que parecen incre­mentarse en estos períodos. También se de­bilita la posibilidad de respuesta desde las políticas públicas a las demandas históricas del feminismo. El ajuste del gasto social y los recortes presupuestarios impactan sobre los sistemas de salud y aleja las posibilidades de entrega de anticonceptivos gratuitos o la aten­ción pública de los abortos. Lo mismo ocurre con el sistema educativo y los programas de formación en derechos humanos o sobre la violencia contra las mujeres (Beneria, 2003).

Los primeros impactos de la crisis actual y las experiencias anteriores ponen en evidencia que las mujeres en particular sufrirán la caída en los ingresos como resultado de la pérdida de empleos en industrias de exportación y en otros rubros como resultado de la caída de la demanda global. La restricción del crédito que afecta a las microfinanzas tendrá graves impactos sobre las mujeres emprendedo­ras y en el sector agropecuario. En aquellos países en que los hogares se sostienen con remesas, su caída impactará también en los ingresos de los hogares donde la búsqueda de empleo y de alternativas de generación de ingresos será más difícil.

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