Sep 062010
 

Extracto de America Latina, La Transgénesis de un Continente: Visión Critica de una Expansión Descontrolada

Miguel A. Altieri
Sociedad Científica Latino Americana de Agroecología (SOCLA),
agroeco3@nature.berkeley.edu

Tal como en Estados Unidos, los promotores de la biotecnología agrícola en América Latina aseguran que los cultivos producidos por ingeniería genética impulsarán la agricultura lejos de la dependencia en insumos químicos, aumentarán la productividad, disminuirán los costos de insumos y ayudarán a reducir los problemas ambientales (James, 2007). La agroecología cuestiona los mitos de la biotecnología y desenmascara a la ingeniería genética como lo que realmente es: una ciencia reduccionista que promueve una «varita mágica» destinada a solucionar los problemas ambientales de la agricultura (que son el producto de un espiral tecnológico reduccionista previo) sin cuestionar las suposiciones defectuosas que ocasionaron los problemas la primera vez (Altieri, 2007). La biotecnología promueve soluciones basadas en el uso de genes individuales para los problemas derivados de sistemas de monocultivo ecológicamente inestables diseñados sobre modelos industriales ineficientes. Tal enfoque unilateral y reduccionista no es ecológicamente sólido, tal como se demostró en la era de los pesticidas que adoptó un paradigma «un químico-una plaga» llevando a problemas de resistencia y resurgimiento de plagas, comparables a los que resultan del paradigma «un gen-una plaga» promovido por la biotecnología. La biotecnología moderna percibe los problemas agrícolas como deficiencias genéticas de los organismos y trata a la naturaleza como una mercancía, sin concentrarse en las raíces que causan los problemas de plagas, sino en los síntomas, haciendo así a los agricultores más dependientes de herbicidas y semillas producidos por un sector de agronegocios que concentra cada vez más su poder sobre el sistema alimentario.

Un síntoma típico asociado a este enfoque reduccionista es la aparición de resistencia a  pesticidas como parte de un espiral ecológico. En el caso de transgénicos, la resistencia a herbicidas se convierte en un problema complejo ya que el número de modos de acción de los herbicidas a los cuales son expuestas las malezas se reducen más y más. Esta es una tendencia que las soyas transgénicas refuerzan en el marco de las presiones del mercado en el cual monopoliza el glifosato. De hecho, algunas especies de malezas pueden tolerar o «evitar» a ciertos herbicidas, como sucede con poblaciones de Amaranthus rudis que exhiben atraso en su germinación y así «escapan» a las aplicaciones planificadas de glifosato. También el mismo cultivo transgénico puede asumir el rol de maleza en el cultivo posterior. Por ejemplo en Canadá, con las poblaciones espontáneas de canola resistentes a tres herbicidas (glifosato, imidazolinonas y glufosinato), se ha detectado un proceso de resistencia «múltiple», donde los agricultores han tenido que recurrir nuevamente al uso de 2,4 D para controlarla (Altieri, 2007). En el nordeste de Argentina varias especies de malezas ya no pueden ser controladas adecuadamente, por lo que los agricultores deben volver a usar otros herbicidas que habían dejado de lado por su mayor toxicidad, costo y manejo. En La Pampa Argentina, ocho especies de malezas, entre ellas dos especies de Verbena y una de Ipomoea, ya presentan tolerancia al glifosato (Pengue, 2005a).

En América Latina donde la investigación en este campo es casi nula, existen muchas preguntas ecológicas sin respuesta sobre el impacto de la liberación masiva de plantas transgénicas en el medio ambiente y la evidencia disponible apoya la posición de que el impacto ambiental y sobre la salud humana puede ser sustancial. Entre los principales riesgos ambientales asociados con las plantas producidas por ingeniería genética están la transferencia involuntaria de «transgenes» a las especies silvestres relacionadas con efectos ecológicos impredecibles.

A pesar de las limitaciones impuestas por derechos intelectuales de propiedad que imponen las multinacionales al proceso de investigación, las pocas investigaciones independientes lanzan evidencias que demuestran que la liberación masiva de cultivos transgénicos no hacen otra cosa que reforzar el espiral ecológico que se deriva de enfoques unilaterales de control de plagas y enfermedades (Altieri, 2007):

a. Creación de supermalezas por la aplicación masiva y continua del mismo herbicida o por hibridación entre cultivos transgénicos y especies de malezas de la misma familia o género.

b. Conversión de cultivos transgénicos en malezas al germinar en el año siguiente como especies voluntarias fuera de las hileras del cultivo.

c. Evolución rápida de resistencia de insectos plaga a eventos Bt.

d. Disrupción de control biológico de plagas por exposición de predadores y parásitos a la toxina Bt vía presas u hospederos.

e. Efectos no anticipados sobre organismos no plagas, como lepidópteros o polinizadores, que sufren mortalidad al estar expuestos al polen de cultivos transgénicos.

f. Acumulación de la toxina Bt en el suelo al permanecer activa adherida a ácidos húmicos o arcillas con impactos sobre poblaciones microbianas y de mesofauna edáfica, potencialmente afectando procesos como ciclaje de nutrientes.

g. Contaminación de variedades locales de cultivos vía introgresión genética mediada por transferencia de polen de especies con-específicas de transgénicos.

h. Creación de nuevas especies de organismos patógenos vía transferencia o precombinación de genes mediada por vectores.

Cabe resaltar que los efectos ecológicos de los cultivos transgénicos no se limitan a la resistencia de plagas o a la creación de nuevas malezas o razas de virus. Los cultivos transgénicos Bt pueden producir toxinas ambientales que se movilizan a través de la cadena alimentaria y que pueden llegar hasta el suelo y el agua afectando así a los invertebrados y probablemente alteren los procesos ecológicos como el ciclo de los nutrientes. Una preocupación creciente es la homogeneización en gran escala de los terrenos con cultivos transgénicos que exacerbará la vulnerabilidad ecológica asociada con la agricultura en base a monocultivos, en especial la vulnerabilidad al cambio climático. Sin embargo el principal impacto de los transgénicos se asocia a los métodos de producción y las tecnologías acompañantes como los herbicidas.

Una de las grandes amenazas ecológicas es el uso masivo del glifosato que sólo en Argentina alcanzó 148 millones de litros en el año 2000. Monsanto afirma que este herbicida se degrada rápidamente en el suelo cuando se aplica de forma adecuada, que no se acumula en el agua subterránea, no tiene efectos sobre otros organismos y no deja residuos en los alimentos. Sin embargo hay estudios que delatan al glifosato como tóxico para algunas especies que habitan en el suelo, incluyendo predadores como arañas, escarabajos carábidos y coccinélidos, y para otros que se alimentan de detritos como los gusanos de tierra, así como para organismos acuáticos, incluyendo peces (Paoletti y Pimentel, 1996). Se sabe que este herbicida se acumula en frutas y tubérculos porque sufre relativamente poca degradación metabólica en las plantas. Por esto surgen preguntas sobre su inocuidad, particularmente en Argentina, donde el glifosato representa más del 37% de los herbicidas que usan los agricultores, y donde se ha detectado en alimentos a niveles muy por encima (20 mg/kg) de los límites permitidos (0,1 mg/kg). De especial preocupación es el efecto de los coadyuvantes y surfactantes que acompañan al glifosato (como POEA) que han sido ligados a problemas respiratorios, daños gastrointestinales, lesiones dérmicas y úlceras oculares (Pengue, 2005b).

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