Nov 222010
 

Fuente: GRAIN

Esta vez, en Biodiversidad reunimos fragmentos de tan sólo tres documentos con que las investigadoras de la problemática de género, inmersas en las luchas de emancipación y equidad de las mujeres, aportan al debate en torno a la soberanía alimentaria y su relación con estas luchas. Dichos documentos son parte del bagaje de la preparación del V Congreso de la CLOC-Vía Campesina que se celebra entre el 8 y el 16 de octubre de este año. Con el fin de hilar un poco los textos, editamos un poco los fragmentos (y movimos dos o tres párrafos de lugar), de tal modo que se lean de corrido. Para cualquier duda, remitimos a todas las personas interesadas a las versiones completas, anotadas como crédito al final de cada documento revisado.

Con una cifra de negocios de unos 3 500 millones de dólares, el comercio de los alimentos procesados es actualmente uno de los filones más rentables que existen, sólo que la clientela para comprarlos no es universal, pues más de mil millones de personas viven con un ingreso de 1 dólar o menos por día y 2 700 millones con menos de 2;  tres quintas partes de la población en los 61 países más pobres perciben el 6% del ingreso mundial, según cifras de Naciones Unidas en The face of poverty, del Millenium Project.

Esto indica la sinrazón de la perspectiva comercial para encarar la problemática, pues las diferencias estructurales inherentes al capitalismo y la falta de distribución justa de los recursos alimenticios, aparecen, a todas luces, como los pilares sobre los cuales se levanta la crisis alimentaria que afecta al mundo.

La Vía Campesina ha acuñado el concepto de soberanía alimentaria, no sólo como una alternativa para los graves problemas que afectan a la alimentación mundial y a la agricultura, sino como una propuesta de futuro sustentada en principios de humanidad, tales como los de autonomía y autodeterminación de los pueblos. Se trata más bien de un principio, de una ética de vida, de una manera de ver el mundo y construirlo sobre bases de justicia e igualdad.

Para las mujeres campesinas este concepto es consubstancial a su propia existencia y definición social, pues su universo ha sido históricamente construido, en gran parte, en torno al proceso creativo de la producción alimentaria. Su reto actual, en palabras de Lidia Senra, secretaria general del Sindicato Labrego Galego, es hacer que al construir esta  propuesta, queden atrás los prejuicios sexistas y que esta nueva visión del mundo incluya a las mujeres, las reivindique, y les permita la opción de ser campesinas en pie de igualdad.

No obstante, la ideología patriarcal es columna vertebral de las tendencias capitalistas que apuntan a la premisa de que hay que producir más, lo que equivale a depredar más, y desarrollar tecnologías, para maximizar la rentabilidad. Las lógicas que subyacen en esta visión de la producción para el comercio y la exportación, son diametralmente opuestas de aquéllas que nutren las propuestas y prácticas de autosustento, desarrolladas a través de los tiempos por las mujeres. Son también la antítesis del concepto de soberanía alimentaria, pues cuando el mercado decide sobre las políticas agrícolas y las prácticas alimentarias que resultan de ellas, los pueblos apenas tienen el papel de consumidores y, en casos, de empleados, no de sujetos de decisiones.

El sesgo patriarcal que se manifiesta en las políticas y medidas internacionales, se manifiesta igualmente en el ámbito nacional y en las prácticas locales. Las desigualdades de género en el mundo rural han sido señaladas entre las más crudas de las relaciones sociales que afectan a la sociedad y en especial a las mujeres [como lo señaló en 1996 el Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Terra], cuya invisibilidad histórica llevó a que su propia existencia como sujetos tan sólo empezara a ser reconocida en el último cuarto del siglo pasado. Hasta ahora, aunque han sido adoptadas significativas políticas en distintas esferas, en la práctica la discriminación en el mundo campesino y en el de la alimentación se mantiene casi intacta, especialmente porque las mujeres no son consideradas aún ni actoras económicas, ni productoras de saberes y conocimiento, ni sujetos sociopolíticos integrales.

Más bien, en sentido contrario, mientras los saberes, conocimientos y prácticas agrícolas son privatizados, patentados y monopolizados por las grandes corporaciones, lo producido por ellas —que al hacer la suma toca casi todo lo que se mueve en este universo—, es considerado como materia bruta, sin valor. Sus saberes en materia de semillas: recolección, clasificación, identificación de propiedades, almacenamiento, cualidades dietéticas y culinarias, la complementación entre ellas para prevenir enfermedades, entre otros, siguen casi inadvertidos y devaluados social y económicamente.

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